19Noviembre2017

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Culminó el año electoral en San Luis con una clara lección: La soberbia no es buena consejera

Con las votaciones en la ciudad capital terminó un convulsionado año electoral en la provincia, que dejó un mensaje: los riesgos de la soberbia y el exceso de confianza.

Les pasó, primero, a los dirigentes del oficialismo. Y empezaron a darse cuenta dos horas después de las primarias, en la sorpresiva noche del domingo 13 de agosto cuando comenzaron a llegar los primeros resultados de las mesas de votación y se enteraban de lo que no podían creer: el contundente triunfo de Cambiemos por más de 20 puntos. O, más bien, la dura derrota de los “invencibles hermanos Rodríguez Saá” por más de 50 mil votos. Algo inimaginable en tierras sanluiseñas.

Desde esos primeros momentos se comenzó a hablar del “exceso” de confianza y de la actitud altiva de los máximos dirigentes del PJ sanluiseño que “nunca” habían perdido una elección y para quienes las primarias eran poco menos que otro test electoral que iban a pasar sin mayores sobresaltos. Pero el golpe fue muy duro. Tanto, que muchos, incluidos los mismos hermanos, daban por seguro que era imposible remontar la caída en el poco tiempo que tenían -apenas dos meses- para las generales.

Fue entonces que el “exceso” de confianza, la sensación de la “vaca atada” cambió de dueño. Parece que los riesgos de la soberbia mutaron de bando y se pasaron hacia la oposición que, con cierta lógica, vieron que las generales las podían ganar “caminando”, ya que para el oficialismo iba a ser imposible siquiera remontar los 20 puntos de diferencia que le habían sacado.

Desde el oficialismo se tomó otra actitud. Reconocieron la soberbia de la primera instancia y decidieron cambiar las estrategias en varios frentes, aspectos de los cuales ya se habló y escribió profusamente.

Lo cierto es que lo imposible fue posible y en dos meses el PJ de San Luis no solamente revirtió el duro revés de las primarias sino que superó, holgadamente, sus propias expectativas, logrando ganar la pulseada a su rival, Cambiemos, por 10 o 12 puntos según las categorías en juego.

La soberbia volvió a jugar un papel decisivo, esta vez en contra de los ganadores absolutos de las PASO.

Lo mismo podría decirse sobre lo ocurrido en las elecciones de este domingo 12 de noviembre en la ciudad de San Luis. El Intendente Enrique Ponce, sumido en una hoguera de vanidades -y traicionando a cuando dirigente y militante se le cruzaba por el camino-, como venía “invicto” en su ciudad (en noviembre de 2015 triunfó con más del 48 % de los votos) quiso repetir la historia apostando a lo mismo: el desdoblamiento de las votaciones y el apoyo del “aparato” municipal para apuntalar un “triunfo” casi seguro de su lista. El resultado: salió tercero con casi la mitad de los votos que había obtenido hace apenas dos años atrás.

Ese “pecado”, el de la soberbia y la vanidad, no es casualmente uno de los más “castigados” por las divinidades desde los tiempos inmemoriales, según los mitos y las leyendas que se conocen.

Para no ir más lejos, en los Mitos Sanluiseños (la obra monumental de Berta Vidal de Battini) no son pocos los relatos que aluden a la vanidad de los hombres como “pecado” vital para el “castigo” del “ser supremo”. Y así lo explica la obra en las leyendas de La Iguana, El Quirquincho o Don Juan (transformado en un zorro).

Ya los griegos, en sus mitos, aludían a la desmesura de los hombres como una de sus principales fatalidades. El orgullo, la vanidad o la soberbia eran excesos de felicidad en los humanos que ponían en peligro el orden de las cosas, por lo que era necesario el castigo.

Pero volviendo a San Luis y las votaciones que acaban de culminar, quedó en claro que dejaron ganadores y perdedores, pero principalmente que fue una elección con una lección que, pese a la evidente moraleja, parece que aún los dirigentes no la han aprendido.

Después de las generales, el “gran ganador” y artífice de la histórica remontada, Adolfo Rodríguez Saá, no volvió a los barrios, ni a las plazas, ni a las calles para agradecerle a los vecinos el apoyo y la renovación de la confianza. Más allá de las selfies y los “cortos” publicitarios que difunde por las redes sociales, el legislador nacional bien podría demostrar, con el contacto “cara a cara” con sus conciudadanos, que aprendió la lección.

Por ahora, eso no ocurre. Mientras tanto, el triunfalismo, la soberbia o la desmesura, esa que provoca la ira de los dioses, volvió a estar del lado de quienes vienen ostentando tener la “vaca atada” desde hace 34 años.