14Diciembre2017

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Regreso a Octubre

Por Hugo Perez Navarro. Es sabido que octubre es un mes cargado de memoria: memoria de la historia popular; esto es, de la historia que hacen los pueblos en favor de sus propios intereses sociales y políticos.

Precisamente en octubre de 1974, en una asamblea realizada en la Universidad Nacional de Río Cuarto, un joven estudiante de Filosofía propuso homenajear al General Perón y al Che Guevara con un minuto de aplauso. Se cumplían, por esos días, dos aniversarios: el del nacimiento del primero (8 de octubre de 1895) y el del asesinato del segundo (9 de octubre de 1967). La asamblea estalló en una gran risotada, movida por la impresión de que un minuto de aplauso era una barbaridad.

En octubre (aunque para nuestro calendario ocurrió en noviembre), se conmemoran los cien años de la Revolución Rusa, que en 1917 puso en marcha el primer estado socialista del mundo, cerrando el proceso emancipatorio que se había iniciado en febrero (es decir, en nuestro marzo) con la instauración de una república democrática liberal y el derrocamiento de los zares.

El inicio del socialismo en Rusia significó para los trabajadores y buena parte de la intelectualidad y algunos miembros de los sectores medios de todo el mundo, nuevos aires para la esperanza de terminar con la injusticia social, dando lugar a una vida mejor para más personas, en un marco de igualdad plena. En alusión a esos anhelados vientos de justicia, el gran poeta español Rafael Alberti llegó a escribir aquello del fantasma que recorría Europa.

Pero ya las burguesías europeas estaban alertadas, y en tren de generar mecanismos de protección del sistema, decidieron organizar sus propios cazafantasmas, dando impulso y financiamiento a diversos aparatos de choque, encargados de limpiar de rojos las calles de Italia, Alemania y, tardíamente, España. Todo lo cual desembocaría en una brutal guerra civil y en la segunda guerra mundial, con su secuela de asesinatos y crueldad y crímenes organizados a escala industrial, el lanzamiento de dos bombas atómicas y la muerte de millones de personas en todo el mundo.

Por fin, tras derrotar al nazismo, los soviéticos se dedicaron a torcerle el cuello a su propio sentido humanista y justiciero, principalmente en la propia Unión Soviética y sus satélites europeos. A la larga esto llevó a que los estados de modelo soviético tuvieran su fin mediante una implosión en cadena, no tan inesperada como repentina. Con lo que lo que queda de aquel sueño de justicia para todos es el socialismo que sobrevive con la mayor dignidad posible y en condiciones extremadamente difíciles en Cuba, mientras en China –curiosamente– al mismísimo Partido Comunista se le ocurrió dialéctica y materialmente ponerse a la cabeza de una revolución capitalista -con todas las letras-, la cual impacta en todo el mundo y preocupa al occidente recalcitrante, mucho más de lo que jamás hiciera el gordo Mao en los días de la revolución cultural.

La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas había nacido cuando Juan Perón tenía sólo 22 años y no era aún presidente ni tan siquiera general. Para que ello ocurriera se debió producir primero un golpe militar en 1930 (del que Perón tomó parte como capitán del Ejército) y que hirió de muerte al Partido Radical, expulsando del gobierno a su líder, Hipólito Yrigoyen. Es verdad que a  su perseverante militancia se debe el voto universal, secreto y obligatorio, aunque también le cabe la responsabilidad por las masacres de obreros en la Semana Trágica (1919) y en la Patagonia (1922) y -esto no es menor-, la inteligente neutralidad argentina en la primera guerra mundial, el acceso de los sectores medios al gobierno y el transitorio desplazamiento de la tradicional oligarquía terrateniente y de sus socios y amos extranjeros. Desplazamiento que los alejaría de toda oportunidad de regreso al poder por otro medio que no fueran el fraude y los golpes de Estado.

Aunque esto no fue definitivo ni absoluto, ya que hubo dos casos excepcionales, uno por cada situación. El más reciente fue el regreso al poder de dichos sectores en 2015, por primera vez mediante elecciones abiertas y transparentes. La otra excepción –más lejana– fue el golpe de 1943 que no fue pro-oligárquico ni estuvo sometido internacionalmente, como el proyecto surgido de las recientes elecciones. Paradojas de la realidad política argentina.

Del movimiento del 43 surgiría con perfiles cartesianamente claros y distintos, la figura del Juan Perón, entonces Coronel, quien incluiría en su actividad política la redacción de notas “periodísticas” a favor del proyecto que ya encabezaba y que firmaba con el curioso sobrenombre de Descartes. Así fue tomando forma la semilla de un movimiento de ciudadanía con un sentir de pueblo incontenible, que el 17 de octubre de 1945, en el momento de mayor tensión política registrado en el período, alumbró un pacto fenomenal entre los trabajadores y el pueblo todo, con el ese activo Coronel que, todos decían, estaba para más.

Perón fue el primer presidente argentino en reconocer a la Unión Soviética. Y además fue el   impulsor del hecho político más profundamente transformador de toda nuestra historia, rediseñando el sentido y la función del Estado, construyendo un modelo de país con un claro sentido de la justicia social, la creación y expansión de los derechos de las mayorías más postergadas, impulsando lo que él mismo estimaba tal vez como su mayor logro -la formación de la conciencia política de los trabajadores-, e inspirando con su obrar la gestación de una cultura y una identidad política que, a pesar del bastardeo, el contrabando epistémico y las claudicaciones de legiones de miserables que entran y salen como si se tratara de un shopping, se ha mantenido y se mantiene incólume, fortaleciéndose de modo singular en la adversidad: el peronismo. 

Es también sabido que el surgimiento de aquella gesta histórica que expandiría como nunca antes los derechos de los trabajadores, los ancianos, los niños y las mujeres, promoviendo además el desarrollo de la industria y la producción, la salud, la cultura, la ciencia, la tecnología, la educación general y la gratuidad de la enseñanza universitaria, entre otros logros, exasperó fuertemente a los sectores medios, muchos de ellos beneficiarios directos de los derechos mencionados, llevándolos a oponerse, subordinándose a la conducción de los tradicionales sectores oligárquicos.

Entre estos sectores enojados de la pequeña burguesía intelectual, algunos de ellos más o menos inclinados hacia la izquierda, se encontraba Celia de la Serna, la mamá de Ernesto Guevara. Pocos días después del golpe de septiembre de 1955, el joven Ernesto –que aún no era el Che, o al menos no lo era del todo, y que nunca había sido peronista, pero sí un lúcido lector de la realidad política– le escribió desde México una carta inteligente y preocupada.  Allí ironiza sobre la alegría de los norteamericanos, menciona la lectura que hacía “la gente progresista” de México, que definía al golpe como “otro triunfo del dólar, la espada y la cruz”.  Y agrega: “Te confieso con toda sinceridad que la caída de Perón me amargó profundamente, no por él, sino por lo que significa para toda América, pues mal que te pese y a pesar de la claudicación forzosa de los últimos tiempos, Argentina era un paladín de todos los que pensamos que el enemigo está en el Norte.”

Pasarían los años y Ernesto sería el Che, llegaría a La Habana como comandante de una de las columnas de la revolución triunfante y se constituiría en ejemplo, modelo e impulsor de movidas similares a la cubana en nuestra América. Curiosamente, la primera experiencia guerrillera latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX había sido pre-cubana y peronista, y aunque prontamente desbaratada contribuyó a encender la inquietud en cientos de otros jóvenes. Antes de la liquidación de toda esa etapa de la lucha latinoamericana, tuvo lugar la campaña boliviana en la que el Che –hace ya cincuenta años– perdería su vida.

Aquella pérdida, que tendría consecuencias nunca imaginadas, incluso por el propio Guevara,  dio lugar a una carta oportunamente distribuida entre la militancia peronista de la época. Allí se lee:

“Hoy ha caído en esa lucha, como un héroe, la figura joven más extraordinaria que ha dado la revolución en Latinoamérica: ha muerto el Comandante Ernesto Che Guevara. Su muerte me desgarra el alma porque era uno de los nuestros, quizá el mejor…” La carta lleva la firma del General Juan Perón.

Octubre, ya se dijo, es un mes impregnado del perfume de la memoria popular. Y seguramente esa fragancia envolvía a aquellos jóvenes asambleístas a los que un minuto de silencio les parecía razonable pero un minuto de aplauso les resultaba risible, aun cuando todos sabemos y sabíamos que el silencio homenajea a los muertos mientras el aplauso apunta a la perseverancia simbólica y moral de sus vidas. Pero lo cierto es que, risas o no, aquella vez todos aplaudieron y muchos de los que aún están lo siguen haciendo en el recuerdo que, como sabemos, adquiere pleno sentido cuando se nutre en una memoria en la que campea el aroma de la justicia, que tiene la fragancia de lo que falta, de lo que crece en nuestra espera activa, de lo que necesariamente viene.   

En memoria del Peco Duarte, Federico y el León Harriague, Alejandro Massa, fundador de la FUNRC, Guily Ferrer y Graciela Galanzini, que estuvieron allí y siguen estando con nosotros.