Un día de junio de 2017, Daniela y Alejandro veían desinteresadamente la televisión cuando de repente una noticia sobre una adopción múltiple los conmovió.

Era la historia de los Cifuentes, un matrimonio que adoptó a cinco hermanos, en Buenos Aires. La pareja de San Luis escuchó con atención el caso, se miraron y casi simultáneamente se preguntaron: “¿y nosotros por qué no?”. Un año y medio después, la casa de la calle Colón ahora también es el hogar de Milagros (9 años), Giuliana (7 años) , Dylan (5 años) y Gabriel (3 años).

Como decía Carlos Skliar, “algo puede comenzar sin verse y, después, ser todo el universo”. Esta es la historia de una familia que se llenó de risas y voces, y también de desafíos.

Una tarde de marzo de 2019

Los sonidos de los chapuzones se entremezclaban con un concierto de risas y gritos de algarabía. Era un bullicio infantil, alegre, que cortaba con la languidez de las últimas siestas de marzo e invadía como una música cada rincón de la espaciosa casa que hasta hace algunas semanas permanecía sobria.

De pronto, una voz minúscula se impone por sobre las demás: “Mamá, mirá como nado” y desde la pileta de lona armada baja la generosa sombra de una parra, Gabriel, de tres años, ensaya unas brazadas cortas que terminan en chapoteos y salpica a sus tres hermanos mayores.

A Daniela la palabra “mamá” le inunda el rostro como un maquillaje y le dibuja una amplia sonrisa. Hasta hace seis meses atrás, la maternidad solo era una pretensión latente desde que se casó con Alejandro en 2010.

Sin embargo, las obligaciones profesionales de ambos y algunos contratiempos, hicieron que ese plan se mantuviera en un deseo.

Hasta que un día vieron en la televisión una historia que les iba a resultar premonitoria e incentivadora. A partir de ese instante, la vida de Daniela y Alejandro se transformaría. Pero no solo la de ellos.

La historia de una familia

“Vimos en la tele que una familia había adoptado cinco niños y nos miramos con mi marido y nos dijimos, ¿y porque no?” Y ahí nos inscribimos. Hemos intentado tener hijos, pero siempre sabíamos que estábamos para otra cosa”, cuenta Daniela, de 40 años y licenciada en Bioquímica.

Los últimos días del 2017 iba a encontrar a la pareja inscripta como pretensos adoptantes en el Registro Único de Adoptantes del Poder Judicial de San Luis y en mayo del año siguiente con todos los papeles requeridos presentados. La decisión de adoptar estuvo acompañada de ampliaciones en la vivienda.

“Mirábamos el registro nacional, nos informábamos. Fuimos modificando la casa, sin pensar demasiado. Hicimos tres dormitorios, otro baño. Todo estaba dado. Teníamos pensado adoptar tres, como mucho”, dice la mujer y se ríe.

Es que, desde septiembre de 2018, el matrimonio tiene en guarda a un grupo de cuatro hermanos: Mili, Giuli, Dylan y Gabi, que es el más pequeño y el más demostrativo.

“Ellos pedían estar juntos, y eso fue el detonante para adoptarlos a todos. Hasta ese momento dos vivían en Villa Mercedes y dos en San Luis, y cada quince día se veían”, relata Alejandro.

Y agrega: “Desde que nos llamaron para la charla, supimos internamente que con ellos íbamos a formar una familia. Después fuimos a la reunión, había otras parejas, nos explicaron todo, estuvo la juez, los psicólogos, nos hablaron de cada uno, de sus personalidades, sus gustos. Era un jueves de septiembre y para el martes había que dar una respuesta”.

Alejandro tiene 42 años y se dedica al comercio exterior. Conoció a Daniela cuando todavía era una estudiante que había llegado desde su la localidad cordobesa de Villa María para estudiar Bioquímica. Fueron novios un tiempo y luego se casaron.

Ese martes del que habla en su relato era 11 de septiembre. El matrimonio llegó con una respuesta pensada y contundente: “decidimos que queríamos adoptar a los niños y niñas, y el viernes nos llamaron del juzgado para firmar la guarda preadoptiva. Pasó el finde semana y el lunes conocimos a las niñas en San Luis y el martes viajamos a Mercedes a conocer a los otros niños”, señala el flamante papá.

Y añade: “El miércoles estábamos viviendo todos juntos en casa. Era para probar, habían traído una muda de ropa nada más. Si algo no andaba bien o querían irse, lo podían hacer, pero no se fueron”.

Mientras Alejandro habla, Daniela mira el reloj. Son casi las seis de la tarde y en pocos minutos el cuarteto de bañistas dejará por un rato la “pelopincho” para sentarse a merendar en el comedor de la casa.

“Todo es nuevo y es un desafío, pero nos gusta. Antes manejábamos nuestros horarios según nuestras conveniencias, ahora tenemos horario para comer, para descansar, para mirar la tele; buscamos tener un orden”, explica Daniela.

Y Alejandro apunta: “Era todo raro, al principio cuesta y después todo es natural. Además ellos te llevan a que lo tomes natural, te van guiando. Nos empezamos a conocer en otras facetas. Éramos los dos solos, en pareja y ahora hay otros sentimientos, otra forma de pensar. Antes nos hacíamos problema por todo y hoy la prioridad son ellos. Te cambia mucho la cabeza”.

Niñas y niños con una primavera debajo del brazo

Daniela se toma un segundo para recrear mentalmente el momento en que la casa se llenó de risas y juegos y luego responde: “llegaron el 19 de septiembre del año pasado. El 14 de octubre fue el cumpleaños de Milagros y se lo festejamos en familia, con los de acá y con los abuelos de Córdoba, los primos, los amigos. En el patio se armó una fiestita”, relata.

El diálogo como herramienta principal

Para la nueva familia, el diálogo fue la herramienta principal tanto para limar asperezas como para resaltar las cosas positivas que iban surgiendo entre ellos. “Es muy fuerte para ellos todo lo que les pasó, a veces, de lo bien que estamos almorzando, alguno cuenta lo que habían vivido con sus padres biológicos y es duro. Por eso nos damos nuestros tiempos para hablar, escucharlos, contenerlos”, señala Alejandro.

Los niños y niñas nacieron en una provincia vecina. El resto de sus historias están contenidas en un expediente judicial. El proceso para llevar adelante la guarda fue un pormenorizado trabajo del equipo técnico del RUA, de Familia Solidaria y del Juzgado de Familia N° 1 de la ciudad de San Luis.

“Somos una familia, un equipo donde todos colaboramos para que las cosas funcionen bien. Mucha gente piensa en la parte económica, pero todo se acomoda”, resalta Daniela, quién divide su tiempo entre el trabajo en la Maternidad Teresita Baigorria y su grupo familiar, el que eligieron desde ese tarde que se preguntaron “¿y nosotros porque no?”.

Esta historia ahora es de ellos, era cuestión de tiempo. “El vínculo que tienen con nuestros padres es auténtico –indica Alejandra-, parece que se hubiesen conocido desde antes. Se dio todo”.

Son las seis de la tarde en punto. Gabriel saluda detrás del vidrio y usa el toallón de capa en vez de secarse. “Soy Batman”, dice y se ríe con picardía. Alejandro lo mira y le devuelve la sonrisa. Tal vez recordó cuando en la primera navidad que pasaron todos juntos, él se disfrazó de Papá Noel y llegó con regalos y caramelos.

“En la vida hay que sacarse el egoísmo de encima. Todos tenemos una misión en la vida. A nosotros nos tocó esto. Una vez que tomás ritmo todo se acomoda”, sentencia Alejandro.

Ahora Gabi se apura. Están por servir la merienda y sus hermanos ya se sentaron a la mesa. Daniela lo espera y sigue cada paso con una mirada cómplice. “El más chiquito es el más cariñoso, el más demostrativo, pero nuestro amor es igual para todos”, comenta Daniela.

El bullicio que hasta hace rato sonaba en el patio ahora se trasladó al comedor. Se apuran a contar, se ríen, se tapan con sus voces. Y Dani y Ale no pueden contener la emoción.

Fuente: Prensa Poder Judicial

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