María Alejandra Lucero fue violada y tirada en un baldío cuando tenía 3 años. Estuvo al borde de la muerte. En el 2017 denunció a un primo por abusos sexuales. Falleció el viernes. Se habría suicidado.

El final de la adolescente, quien desde hace un año vivía con su abuela materna en una precaria casa del barrio San José, fue tan doloroso y trágico como su vida, marcada por abusos sexuales brutales y el no menos grave abandono de los organismos del Estado.

Su abuela, Olga Hidalgo, habló con San Luis Noticia sobre el final de su nieta: “murió cuando la trataban de salvar en el Hospital de San Luis…lo que nos dijeron es que habría tomado pastillas…pido que se haga justicia porque hace más de un año que venía reclamando que hagan algo para que mejore. Yo en mi casa no tenía las condiciones para darle la atención que necesitaba”.

María Alejandra habría tomado pastillas clonazepam, un fármaco que tenía su abuela. “Yo tomo medicamentos porque tengo problemas graves de salud…”, comentó Olga.

“Todo empezó el domingo 14 de abril cuando llegué a casa y la vi tirada, descompuesta. Llamamos una ambulancia. La atendieron y nos dijeron que podía tener diabetes. Entonces, saqué turno en el Hospital, donde la revisaron y le pidieron análisis, que no eran urgentes. De todas formas, al ver el estado, la mandaron a que la revise un neurólogo”, recordó.

“Al otro día, mi hija Valeria la llevó a su casa para que la ayudara a hacer huevos de pascua. Yo fui con ellas, pero me volví a las dos horas. Por la tarde, vino Laura, la mamá de María, a decirme que se había empastillado y que estaba internada en el Hospital…”, contó.

El jueves 18 de abril, Olga viajó con su nieta en ambulancia hasta el Hospital de San Luis, donde la internaron en Terapia Intensiva. “Estuve ahí unas cuatro horas, cuando salieron y me dijeron que había tenido un paro…Le hicieron estudios y nos informaron que tenía muere cerebral…”.

“Así murió María. Yo ahora quiero que se haga justicia porque nos cansamos de pedir al Juzgado que hagan algo, ya que en mi casa no tenía las condiciones para atenderla. Incluso ella le había dicho a una asistente social que quería irse a una Familia Sustituta. Desde mediados del año pasado que dejó la escuela. Este año la había vuelto a anotar…pero no podía controlarla. Y esto lo sabían en el Juzgado”, reveló.

“Todos conocían que ella necesitaba algo más. Había sido violada cuando era una nena. Después, cuando estaba con la familia paterna denunció que fue abusada…, pero nunca hicieron nada por mi nieta. Yo los invito a los jueces y a todos los que quieran saber cómo vivimos, que vengan y vean las condiciones de mi casa”, señaló.

La corta y triste historia

El caso de María Alejandra lo siguió desde un principio el abogado Hernán Echevarría, quien en más de una ocasión acompañó a la familia en los reclamos por justicia y una atención adecuada para la adolescente.

La chica fue violada cuando tenía 3 años. Sucedió en febrero de 2008. Los hechos se investigaron en la comisaría 11° y en el Juzgado Penal N° 1.

Sufrió abusos en la casa donde vivía con su madre, Laura, y dos hermanitos, ubicada a una cuadra del barrio ATE II. Allí también habitaban el “Toro” Ortega y su hermana, Silvia Gladis, y dos hijos adolescentes de ésta.

En la noche del 3 de febrero de 2008, Laura salió y dejó a sus hijos al cuidado de los Ortega. Regresó a las 5:45 del día siguiente y se encontró con la terrible novedad. Cuando entró a la casa vio que la nena no estaba y se desesperó. A los gritos pidió explicaciones. Silvia Ortega le dijo que la niña se había levantado a orinar y no regresó a la cama. La buscaron, pero no la encontraron en la vivienda.

Las mujeres salieron a la calle y, al rato, Silvia Ortega volvió con la menor en los brazos. Le dijo a la mamá que la encontró en un baldío a unos 15 metros de la vivienda. La nena estaba helada de frío, tenía golpes en la cabeza y manchas de sangre. No tenía bombacha y sólo estaba cubierta con una remera

Inmediatamente la llevaron al Hospital, donde fue examinada. Los análisis médicos y del forense determinaron que, además de hipotermia, la niña tenía signos de violación vaginal y anal, lo que determinó la inmediata detención de las cuatro personas que habían quedado esa madrugada con la niña.

El juzgado Penal N° 1 dictó la prisión preventiva para dos de los sospechosos, Ortega y su hermana, mientras que dejó en libertad por falta de mérito a los sobrinos, uno de ellos tenía antecedentes por delitos contra la integridad sexual y pedido de captura de la policía de la provincia de Mendoza.

Tras el fallo de la Justicia de primera instancia, las actuaciones fueron giradas a Fiscalía que pidió 20 años de prisión para Ortega y 10 años para la hermana. Los dos, según la investigación, habrían participado del aberrante abuso contra la niña.

En febrero de 2011, Pablo Ortega fue condenado a 18 años de prisión por el delito de abuso sexual gravemente ultrajante. El Tribunal lo encontró culpable de la violación de la nena de 3 años. La hermana, Silvia Ortega, también acusada por el mismo delito, fue absuelta por el beneficio de la duda.

Ora vez víctima

La Justicia determinó que la niña quedara al cuidado de familiares paternos. La guarda era compartida y pasaba la mayor parte del tiempo en la casa de la abuela. Pero en noviembre del año 2017, la chica, que ya tenía 13 años, denunció en la comisaria del Menor que su primo, de 17 años, la golpeaba y abusaba de ella.

El presunto abusador vivía a una cuadra de la familia que tenía en guarda a la chica, aunque los abusos -según la victima contó- los sufría en la misma casa.

Una tía de Alejandra contó que el primo abusada de su sobrina desde que tenía 11 años. Por eso, familiares de la víctima se presentaron en reiteradas ocasiones ante el Juzgado de Familia 2 (en ese entonces a cargo de Verónica Lafuente) para que se hiciera algo con el fin de protegerla.

Hacía un año que la chica vivía con su abuela materna, en una humilde casa del barrio San José, donde una asistente social habría recomendado que cambiara de lugar. “Yo también lo pedía y mi nieta había dicho que estaba dispuesta a vivir en otro lugar. Pero nunca nos dieron una solución”, concluyó Olga.

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