Escribe: Hugo Perez Navarro

“Miente, miente, que algo queda”.

  1. Goebbels

 “…como un cuento farfullar por un loco

entre el ruido y la furia…”

  1. Shakespeare

La referencia

Ante situaciones entendidas como fracasos, los creadores se preguntan por los errores; los tontos buscan culpables.

Así fue cómo al final de la primera guerra mundial, la sociedad alemana intentó salir adelante. Fue inútil. El país estaba devastado: la economía era un caos, la hiperinflación delirante; la moral nacional estaba por el piso, el tejido social desgarrado y la triunfante revolución bolchevique golpeaba a las puertas. Este hecho en particular, alarmó a la burguesía alemana que había dejado caer a la república de Weimar. Pronto  las calles de Berlín se cubrieron de banderas rojas: unas con la hoz y el martillo, otras con la cruz svástica.

¿Qué había pasado? Que los Krupp, Daimler (Benz) y más tarde Ferdinand Porsche (Volkswagen), entre otros, habían descubierto a un grupo de nacionalistas fanáticos, reunidos en torno a un mediocre pintor con un par de ideas articuladas, que no paraba de crecer. Fue amor a primera vista. Amor contante y sonante, que frenó toda opción socialista-comunista y rápidamente llegó al poder. ¿Cuál había sido la clave del vertiginoso crecimiento de Hitler y sus seguidores? El odio.

Montados sobre la angustia generalizada y el resentimiento que buscaba culpables, los nazis apuntaron a un objetivo que iba más allá de lo evidente, al que culparon de todos sus males: los judíos. Así, el odio hizo el oscuro milagro de ensamblar a gran parte del pueblo alemán para llevarlo hasta límites inimaginables de violencia, destrucción y muerte.

Como necesitaban difundir, agitar y convencer, para ganar adeptos y legitimar sus políticas, desplegaron una impecable y eficiente maquinaria de comunicación, que comprendía desde la organización de actos masivos hasta el diseño de tipografías. Llegado al poder, Hitler designa a uno de sus primeros y más convencidos seguidores como ministro de propaganda: Joseph Goebbels, cuya teoría de la comunicación se apoyaba en la consigna del epígrafe: “miente, miente, que algo queda”.

Los hechos

En 2001, sin haber intervenido en ninguna guerra mundial, la Argentina se vio envuelta en un caos similar. Se cerraba así el ciclo iniciado el 24 de marzo de 1976, con el golpe militar impulsado por el capital transnacional, la inteligencia norteamericana, la oligarquía terrateniente y financiera y sectores de la burguesía asociados a aquellos.  El modelo económico implantado entonces se inscribía en la oleada neoliberal que  se desplegó en toda nuestra América. Se centraba en la hegemonía del capital financiero, la apertura de las importaciones, la consiguiente destrucción de la industria y la vuelta  –en el caso nuestro– al rol de productores de bienes primarios.

Las políticas iniciadas en 2003 lograron revertir rápidamente el desastre dejado por el neoliberalismo mediante el fortalecimiento de la economía argentina en general, el impulso a la industria, el crédito y numerosos incentivos al consumo, que permitieron durante la gestión de Néstor Kirchner cancelar la deuda con el FMI y transitar un ciclo de varios años de crecimiento de la economía real con tasas que alcanzarían los 9 puntos.

El proyecto fue consolidado durante las dos presidencias de Cristina, quien avanzó la recuperación de empresas nacionales y en políticas de integración social desde el criterio de reconocer y ampliar los derechos de todos, no sólo en lo económico sino en lo educativo, cultural, científico, tecnológico e individual, como es el caso de las políticas de género, que dejaron atrás  la hipocresía de modelos anteriores.

El desarrollo integral de la economía –que, siguiendo el esquema básico del peronismo, transfirió excedentes de la producción primaria hacia una industria con eje en las empresas nacionales–, permitió dar un salto enorme en la creación de empleo. Así, cuando asumió Néstor Kirchner en 2003, más del 17% de los argentinos no tenía trabajo. En diciembre de 2015, esa cifra era menor al 7%. Esto, visto de otro modo, era la traducción de los más de 5 millones de  nuevos puestos de trabajo durante la era K.

El 3 de enero de 2006, el mismo Kirchner canceló en un solo pago la deuda con el Fondo Monetario Internacional, por más de 9800 millones de dólares.  Las divisas giradas desde las Reservas del Banco Central permitieron, además del ahorro de intereses, cerrarle la puerta a “las intromisiones y exigencias” que siempre los grandes capitales imponen a los países más débiles a través de los organismos financieros internacionales. La cancelación de la deuda le permitió al país un ahorro de 842 millones de dólares en intereses.

La vida de los jubilados cambió positivamente: se amplió la cobertura previsional, permitiendo incluso que más de 2,5 millones de jubilados recibieran una pensión a pesar de no haber hecho aportes, con lo que nuestro país pasó a tener la segunda mayor cobertura jubilatoria de América Latina, detrás de Bolivia. Y para acercar más los números a la realidad, la jubilación mínima  se incrementó en más del 1.400%, a fin de compensar la corrosión inflacionaria. Esto se acompañó, además  con una ampliación de más del 1.700% de los fondos de ayuda social: en 2015 se entregaron 18 millones de planes sociales a argentinos que estaban fuera del circuito económico. No se trataba de clientelismo, ni siquiera de asistencialismo: era justicia social, y era la posibilidad de expandir la economía, incrementando el consumo, puesto que sin demanda no hay economía posible.

Psicodelia, odio y mentira

Sabemos que nada es gratis. Y en nuestro país no es saludable tocar el bolsillo de los terratenientes, del capital financiero y de las empresas extranjeras y sus filiales y controladas. Por lo tanto, a través de los medios que son propiedad de esos sectores, se empezó una violenta y constante campaña de estigmatización de una política que había generado bienestar para la gran mayoría de nuestro pueblo, haciendo foco en la persona de Cristina Fernández, a quien acusaron de haberse robado “todo”. A tal punto llegó la focalización en ella que hasta dejaron caer una cierta indulgencia sobre la figura del extinto presidente Kirchner.

En una país en el que prácticamente el 90% de la población dice pertenecer a una entelequia social llamada “clase media” –lo cual supone ser casi rico– es muy fácil incrementar las sensaciones de frustración, incomodidad y rencor.

La tarea no fue difícil, puesto que, desde los 90 y a través de esos mismos medios, se había venido machacando con la consigna “los políticos son unos ladrones y tienen la culpa de todos nuestros males”. Con ello, la dirigencia corrupta se volvía más manipulable y el pueblo perdía la única herramienta que tiene para sostener sus derechos: la política.

Exacerbado el rencor social, fue fácil desplazarlo otros sujetos a quienes el imaginario impreciso de la autopercibida “clase media” desprecia de modo inmisericorde: los morochos, los pobres, los beneficiarios de algún subsidio (como lo era gran parte de la sociedad, en términos de precio de la energía), en suma: los otros. Es que en estos contextos, el oprimido necesita visualizar un enemigo. Y no será éste quien lo explota, pues los medios –que son quienes definen con precisión el imaginario social– no identifican al explotador. Es más estimulante y cómodo identificar al enemigo con el que está “por debajo”. Y siempre en esa escala habrá uno. Que invariablemente será otro oprimido, acaso más pobre, acaso más oscuro, acaso extranjero. Y en esto, hay cierta corriente venenosa que circula en gran parte de nuestra sociedad y sólo brota cuando ha exaltación. Porque el odio es sutil, sinuoso y siempre se justifica, siempre puede justificarse desde argumentos que se fundan en sí mismos.

Así, en un contexto cuasi disneysiano, se presentó Macri no como el proveedor de iniquidades que sabemos ha sido siempre, sino como el genio del color y la alegría. Inspirada por Durán Barba, el Goebels ecuatoriano, su campaña (“miente, miente, que algo queda”) se sostuvo en la calumnia, en la negación de la verdad: no se trataba de alterar la verdad, ni siquiera de negarla, sino de desconocerla, de reemplazarla por otra, y de de pintar como salida otra realidad, casi naif. Por eso “al que se va” se le perdonaba que no supiera hablar, que dijera cosas vacías, infantiles, torpes y sin vínculo alguno con la realidad de los argentinos y las argentinas que… terminaron votándolo.

Fue “un viaje”: sin LSD, sin estimulantes químicos ni naturales. Fue, con mucho, sobredosis de TV.

El resto es conocido. O fue reconocido cuando una parte de nuestra sociedad salió de su estupor y descubrió que se perdieron 144000 puestos de trabajo en la industria. Que el préstamo pedido al FMI no era necesario y sólo sirvió para intentar contener el precio del dólar, empujándolo cada vez más hacia arriba. Que se fugaron 13.000 millones de dólares, que eran parte de ese préstamo. Que el señor Dujovne generó desde el Estado un bono por 100.000 millones de pesos que compró la consultora del señor Dujovne. Que el señor Macri condonó una deuda que una empresa suya tenía con el Estado Nacional –lo cual es delito en cualquier lugar del universo.  Que el 81% del PBI está comprometido con la deuda. Que hay 18 millones de pobres.

Y acaso, en esa saludable confusión que es un abrazo, esa parte de nuestra sociedad haya (re)descubierto que es posible construir un futuro con lugar para todos. Y que eso será mejor si recuperamos la justicia y nos dejamos de cambiar la conciencia de lo que somos por lo que un par de globitos y consignas vacías farfulladas nos quisieron hacer creer. Pero en fin, esto es el fin. Aquello ya fue.

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