La imagen se replica, rebota interminablemente. La espada y la biblia, la fuerza directa -brutal-, y la simbólica -pero no menos feroz-para dominar a un pueblo, arrasado desde hace cinco siglos.

El derrocamiento del presidente elegido por el pueblo boliviano, Evo Morales, fue celebrado por miles de ciudadanos “pro” golpe de estado y seguidores del ultraderechista, empresario y fundamentalista religioso, Fernando Camacho.

El líder de católicos, pero fundamentalmente de los miles (o millones) de evangélicos, entró al Palacio de la Paz (la Casa de Gobierno) con la bandera de Bolivia en una mano y la biblia en la otra, para “echar” a la wiphala (Bandera Indígena de Bolivia) y a la Pachamama del edificio gubernamental, porque “Bolivia es Cristo”.

El “auspicio” de los evangélicos a las causas políticas de los movimientos de ultra derecha en Latinoamérica no es nuevo. Algo parecido sucedió con Jair Bolsonaro en Brasil y sus fracasados émulos en la Argentina.

Camacho es hijo del empresario de seguros y expresidente del mismo comité que ahora lidera, José Luis Camacho. El clan familiar, miembro de la élite de Santa Cruz, se opuso a las políticas de Evo Morales por la distribución de las riquezas de los departamentos de Bolivia, ya que no beneficiaban lo suficiente al grupo privado. Como tal, desde siempre tuvo sus razones para odiar al ex presidente.

Pero ¿cómo consiguió el apoyo de gran parte de la población? Una de las razones tiene que ver con el manejo de la religión y su influencia en pueblos por siglos dominados por la “espada y la fe”. A esto se suma el apoyo de los medios que monopolizan la prensa, lo que, a su vez, están motorizados por los grupos empresarios -internos y más que nada externos- interesados en mantener un país más funcional a los intereses del mundo del capitalismo globalizado.

A fines de 2009 y principio de 2010, Evo Morales intentó implementar un freno a las ya conocidas modalidades de recaudación entre sus fieles de las iglesias evangélicas: el diezmo. Para eso, les impuso un impuesto, que no era mucho pero que las obligaba a desprenderse de una parte (mínima) de ese porcentaje que les exigían a sus miembros. Pero igualmente generó un letal descontento de los pastores y jefes de las iglesias. Enojo que supieron transmitir a sus feligreses.

La biblia fue, entonces, el “arma” y el símbolo de la batalla que esta semana tuvo su triunfo. O al menos el inicio de la devastación de todo lo que el gobierno de Morales construyó, que no es poco. Por ahora, como lo dijo Camacho al entrar en el Palacio de gobierno, echar a la Pachamama para implantar la biblia. Toda una “reivindicación”.

La imagen (el jefe de las fuerzas armadas pidiendo la renuncia de un presidente, un fundamentalista religioso entrando con la biblia al palacio…) es chocante. No solo retrotrae a los golpes de estado que los países vecinos vivieron en las décadas del ’60 y ’70, sino mucho más allá. Evoca, en el peor sentido de la palabra, al inicio de la conquista del Imperio Inca, que se extendía por la región de la actual Bolivia. Y ese comienzo estuvo marcado, justamente, por la biblia.

Un hecho fue el “disparador” de la conquista. Al menos los historiadores así lo han señalado y analizado profusamente a lo largo de los siglos. Fue el conocido como “Encuentro de Cajamarca”, durante el cual el jefe incaico, Atahualpa, recibió a la delegación de conquistadores encabezado por Francisco Pizarro.

Fue el 16 de noviembre de 1532. Francisco de Jerez, el conquistador y cronista español “testigo presencial” de los hechos, relata que Fray Vicente Valverde se presentó ante Atahualpa como “sacerdote de dios”, mostrándole el libro (Biblia).

Relata que Atahualpa le pidió el libro. El fraile extendió el brazo e intentó abrirlo, pero el soberano inca se lo impidió tomando él mismo el libro para abrirlo. Luego lo lanzó: “…no maravillándose de las letras ni del papel, como otros indios, lo arrojó cinco o seis pasos de sí”, dice el cronista español.

Luego -sigue el relato de Jerez- el religioso retorna al lugar donde se encontraba Pizarro a quien le cuenta lo sucedido, tras lo cual el conquistador español da la orden de atacar al grito de “Santiago”.

Lo que siguió fue la matanza de los indígenas y la prisión de Atahualpa, a pesar de la entrega de un cuantioso botín para liberarlo, que incluía 6.087 kg de oro y 11.793 kg de plata. Después, fue acusado de rebelarse contra sus opresores y lo mataron. A partir de esos hechos, los conquistadores avanzaron hacia Cusco, capital de los incas.

Otros cronistas e historiadores aluden al mismo hecho, desde otras miradas y concepciones, aunque la coincidencia común es el encuentro y la reacción del Inca ante un libro que se presentaba como “sagrado” y como la “palabra de dios”, pero que, según su cosmovisión, “no hablaba”.

La biblia y la fe tuvo su lugar, como excusa o como razón de ser, de una conquista despiadada, de la cual existe abundante bibliografía.

Pero, por esa misma época, principio del siglo XVI, nacía en Europa un movimiento que iba a provocar un cisma en la iglesia católica: la reforma protestante. Ese movimiento, guerras de por medio, transformó el mapa religioso de viejo mundo y, con los años, se trasladó a América, especialmente a los países del norte.

Se calcula, según los últimos censos realizados en Bolivia, que casi el 20 % de la población del país profesa una religión evangélica, lo que constituye un no despreciable número de ciudadanos-votantes para cualquier movimiento político, más aún teniendo en cuenta su conocida postura fanática o fundamentalista, en más de un caso o vertiente.

¿Cómo se vinculan los evangélicos con los movimientos de ultra derecha de Latinoamérica? Uno de los ejemplos más recientes fue la elección de Bolsonaro en Brasil, donde un gran porcentaje de evangélicos votó al actual presidente. Hubo, además, pastores que se pronunciaron abiertamente a su favor en plena campaña.

Uno de los diarios brasileños que analizó la situación, consideró que las religiones evangélicas, incluso las que mantienen algunas diferencias con las concepciones clásicas calvinistas, tienen una conexión “ideológica” -por su forma de concebir el bienestar económico, los buenos negocios y progreso material- que, directa o indirectamente, beneficia a las corrientes políticas y partidos de la derecha.

No es nuevo, ya a principio del siglo pasado, el sociólogo alemán, Max Weber, concibió en su libro “La ética protestante y el espíritu de capitalismo” el mismo nexo causal, entre el capitalismo y la doctrina del protestantismo (antecedente y marco histórico del conjunto de las iglesias evangélicas), que predicaba que la riqueza -producto de una especie de “mérito”-, el ahorro para la inversión y los buenos negocios agradaban a dios.

Camacho parece que se envalentona cada vez más y repite en cuanta oportunidad tiene que fue al Palacio de gobierno con la biblia, para devolver la fe a Bolivia. Como hace más de 500 años, con el libro, que no habla, pero con la espada que se hacía entender a sangre y fuego, para llevar adelante uno de los más grandes despojos y matanzas de la historia.

En la canción de Víctor Heredia, llamada justamente “Encuentro de Cajamarca”, resuenan con dolor las palabras de Atahualpa: “…por qué me matas si no comprendo, tu libro no habla, no quiere hablar…”.

Por: San Luis Noticia

Imagen: Alminutoinfo.com

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