Es el duro testimonio de Paola Guzmán, una docente que estuvo a punto de morir. Fue víctima de la violencia de su ex pareja, Ariel Balza. Ahora, espera que la Justicia repare el daño que sufrió ella y sus hijos.

A Paola le costó hablar públicamente sobre su dolorosa experiencia. Tardó años en decidirse, casi tantos como los que demoró en hacer la primera denuncia por la violencia que sufría entre las paredes su casa.

“Me empezó a golpear en 2006. Me acuerdo porque entonces estaba embarazada de mi hijo más chico. En una ocasión me dejó una marca en el ojo, otras veces me pateaba y me dejaba moretones. Casi siempre me agarraba muy fuerte en los brazos y en el cuello. Entonces, yo intentaba tranquilizarlo para que no me siguiera haciendo daño. Tenía que darle la razón en todo lo que se le ponía en la cabeza”, contó.

“La gente me preguntaba por los moretones. Yo siempre los trataba de ocultar y explicar que eran por cualquier otra cosa”, asumió.

Esas situaciones se repetían con dolorosa frecuencia, como también otras aún más graves: “Una vez me amenazó con un cuchillo delante de mis hijos. Yo hice lo que siempre hacía: tratar de tranquilizarlo, de calmarlo”.

“Me maltrataba físicamente y psicológicamente. Me decía que no cumplía con mis obligaciones como madre y como esposa. Me humillaba en todo sentido. Yo trabajaba mucho para mantenernos. Soy docente y tenía horas en escuelas, incluso viajaba a San Luis por trabajo. El era y es árbitro de fútbol, y dirigía partidos los fines de semana”, expresó.

“Todo era excusa para empezar a maltratarme. Incluso también ejercía violencia con los chicos. Uno de mis hijos, el mayor, me contó tiempo después que, cuando tenía 10 años, lo hacia trabajar. Lo mandaba a descargar a una verdulería o a hacer trabajos de albañilería. Aprovechaba cuando yo estaba trabajando para hacerle eso.”.

Dijo que después de tres años de sufrir violencia, un día tomó la decisión de pedirle la separación. “Cuando estaba tranquilo, aprovechaba para hablarle y decirle que lo nuestro no podía seguir y que tenía que irse de la casa. El me contestaba siempre que le diera tiempo para buscar un lugar donde vivir, ya que no tenía”.

“Aunque parezca mentira, además de miedo, le tenía como una especie de lástima. Era lo que él buscaba demostrar, porque sabía cómo manipularme. Entonces yo no hacía nada. Ni siquiera me animaba a contarle a alguien lo que me estaba pasando. No sabía cómo hacerlo porque no podía creer que esto me sucediera a mí”, agregó.

Cuatro años después de los primeros maltratos, Paola decidió denunciarlo. “Un día, después de otra de las tantas agresiones, fui a dar clase. Entré al curso con los ojos hinchados y los chicos se dieron cuenta inmediatamente que algo me estaba pasando. No sé qué intuyeron, pero en ese momento todos tuvieron un cambio notorio de actitud. Noté cómo me comprendían, cómo se acercaban para consolarme. En el recreo me encuentro con una compañera, quien me preguntó qué me pasaba. Me puse a llorar y le conté”.

“Fue en ese momento cuando me animé por primera vez a decirle a alguien lo que me estaba pasando en casa, la violencia que sufría, los maltratos, los golpes…Mi compañera me dijo que tenía que hacer la denuncia, que no podía dejar las cosas así. Ella se comunicó con mi familia, mi hermano y mi cuñada. Ellos me preguntaron por qué no les había dicho antes lo que estaba viviendo, pero me comprendieron y se comprometieron a acompañarme a hacer la denuncia”.

Lo que pasó después fue algo que Paola lo recuerda con dolor -como todo – pero también con bronca, por no haber tenido más firmeza en su postura: “En ese momento yo todavía tenía mucha confusión. Sentía una especie de culpa, que él tanto me había inculcado. Pensaba que de todas formas me ayudaba, que estaba en la casa, que era el padre de mis hijos, que podía cambiar…Entonces les dije a todos que iba a hablarle para darle una oportunidad. Y Así lo hice. Hablé con él y le dije que si no cambiaba lo denunciaba”.

Pero la situación no cambió. Paola siguió sufriendo la misma violencia, mientras intentaba salir adelante por sus hijos y tratando de cumplir con sus obligaciones en la docencia. El paso que esta vez se animó a dar fue contarles a amigas de confianza todo lo que le estaba pasando.

En ese derrotero Paola hizo una presentación en la Justicia, pero no se animó a ratificar la denuncia en la policía para autorizar el desalojo del agresor. Estuvo unos días en la casa de su hermano. Pero volvió a su hogar, con sus hijos y su esposo. Recuerda esos tiempos como “muy horribles” porque, además de la violencia en su familia, sentía que había defraudado a quienes la habían apoyado para que definitivamente se alejara de su pareja.

“Tuve que mentirles a mis familiares, a mis amigos a todos porque les hice creer él (Balza) no estaba, pero sí estaba en casa. Entonces, cuando venían a visitarme, tenía que irse, tenía que ocultarlo”

Otro momento clave fue en diciembre de 2013 cuando su hijo mayor le pidió que hiciera algo: “llorando me dijo que sacara al padre de la casa, que ya no lo aguantaba más”.

“A fines de enero de 2014 -relató-, él me encierra, saca a los chicos afuera. Me grita y me pega. Creo que la intención era matarme. En ese momento una de las ventanas tenía un vidrio roto. Mi hijo más grande, que había intentado abrir la puerta, pasó por la ventana y se puso en el medio. Yo hice todo lo posible para calmar las cosas, algo que logré. Al rato, con la excusa de salir a comprar algo, me puse en contacto con una amiga para que me acompañe a hacer otra vez una denuncia”

“Luego de hacer la denuncia, por consejo de abogado, no volví a casa. Estuve parando en lo de un familiar. El lunes por la mañana fue la policía a sacar a mi ex de la vivienda. Según la persona que trabajaba con nosotros, alguien le avisó que iban a buscarlo porque previamente había acomodado y guardado sus cosas en un bolso”.

El siguiente, es el resto de relato que hizo Paola a San Luis Noticia:

“Después de eso, que sucedió a fines de enero de 2014, me vuelvo a poner en contacto con él para que vea a los chicos. Yo siempre tratando de que las cosas se resolvieran de la mejor manera, es decir, que nosotros no tengamos más nada que ver, pero que el padre pudiera continuar el contacto con los hijos”.

“El 23 de marzo salgo de mi casa. Eran a las 11 de la noche. Me voy a encontrar con un amigo. Subo al auto y él aparece. Me dice que me baje, que quería hablar conmigo. No sabía qué hacer, solamente atiné a bajarme para tratar de conversar. Esto sucedió en la Pellegrini y Mitre, cerca de mi casa. De ahí, me lleva caminando a un baldío. En el trayecto me reprocha el hecho de estar con alguien. Me pegó una cachetada, me agarró del cuello y me dijo que eso no iba a quedar así. En ese momento lo llaman y escucho lo que contesta ‘estoy acá, los voy a esperar traigan lo que les dije’ y corta la llamada”.

“Luego aparece mi amigo, que nos había estado siguiendo y había llamado tres veces a la policía, que nunca vino. Los dos se ponen a discutir. Repentinamente, me pegó una trompada en la cara y se fue”.

“Yo quedé sangrando y así nos fuimos con mi amigo a la comisaría del Menor, donde no nos atendieron bien. De ahí nos fuimos a la comisaría para hacer la denuncia. Luego al Hospital, donde me detectan doble fractura de mandíbula y me dicen que necesito un tratamiento y la colocación de una prótesis”.

“Me mandaron al Hospital de San Luis donde me medicaron con antibióticos y calmantes. No podía comer y todo lo que ingería era líquido. Fue entonces cuando me empecé a poner cada vez peor…hasta que un día mi hermano me llevó al sanatorio. Estaba con fiebre y prácticamente inmóvil. Los médicos no me podían detectar nada. Simplemente me trataban de reanimar. Uno de los médicos que me atendió, dijo que tenía obstrucción de intestino. Pero estaba toda descompensada, con una infección generalizada.

Me operaron tres veces. No reaccionaba, a tal punto que en el sanatorio prácticamente no daban esperanzas. Creo que colapsé, eso fue”.

“Entraban, entre ellos, mi hermano, a quien más recuerdo, y mis amigas. Me hablaban, me decían que tenía que reaccionar, pero no podía, no había manera. Creía ver a mis hijos, aunque después me dijeron que ellos no podían entrar. Estaba moribunda. Los médicos me dieron 24 horas de vida”

Pero no sé cómo, en una madrugada me desperté y empecé sola a sacarme todos los cables. El médico no entendía nada. A los dos días salí de Terapia. Me acuerdo que estaba muy débil, fue como volver a nacer”.

“Recién el 19 de mayo me pudieron operar por la lesión en la mandíbula y colocarme la prótesis”.

En la Justicia

“Ariel Balza siempre tuvo abogados relacionados con el poder. El primero fue un ex ministro y diputado provincial. Después cambiaron y finalmente lo representa el oficial nombrado por la Justicia. Este 3 de diciembre iba a comenzar el juicio, pero la defensa presentó un pedido de probation, lo que hizo que se suspendiera”.

“Todo lo que ha pasado desde que hice la denuncia me ha generado muchas dudas. Desde ese día que le avisaron cuando la policía iba a buscarlo, hasta la demora y la suspensión del juicio. Hay que tener en cuenta que Balza fue y es actualmente, porque este año lo autorizaron, árbitro de fútbol. Dirige partidos de la Liga Seniors, de campeonato de primera, de los Interfábricas y los torneos de los policías”.

“No lo puedo probar porque, pero sí tengo sospechas que hubo influencias para que esta causa no avance. No sé si alguna vez va a ir preso, pero es lo que tendría que pasar, más que nada por mis hijos y porque tiene que pagar todo el daño que hizo. Esla única manera de cerrar este círculo horrible”.

“Solamente espero que la justicia se haga responsable de lo que tiene que hacer, que a estos monstruos se los condene por el daño que les hacen a las mujeres”.

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